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viernes, 30 de noviembre de 2018

La paga de Navidad


Falta una semana para celebrar la Navidad, días en los que mucha gente se acuerda de los más desfavorecidos. Semana en la que muchas personas hacen su obra caritativa anual para sentirse bien el resto del año. Las luces navideñas lucen en todo su esplendor y el consumismo supura por sus venas saturadas.

Ese día, Leonor despierta en su habitación con una sensación de bondad repentina.

-Mamá, he tenido una idea. Quiero hacer un regalo a un niño pobre. Le diré a mi ayudante de cámara que se ponga en marcha por las redes sociales y me busque un pobre, pero que sea español.

-Hija, ¡qué orgullosa estoy de ti! Seguro que tu padre también lo va a estar en cuanto se lo diga. Por cierto, ¿qué le vas a regalar?
-La pelota del último Mundial que me dio la selección de fútbol.
-¡Qué buena idea!, además está firmada por todos los jugadores. Eres digna hija de tu padre y heredera del trono. Él siempre dice que el obsequio ha de estar en función del obsequiado. Hay que dar lo justo para que todo continúe igual. Conservar a los pobres es la manera de mantener el equilibrio natural. Sin nuestra generosidad, los pobres se morirían. Hay que mantenerlos vivos, sacarlos de su miseria sería inmoral.

martes, 27 de noviembre de 2018

Palabras refugiadas

Frente a la orilla
del Mare Mortum
he lanzado
los acentos de mi lengua materna.

Nadan como pececillos
en busca de placton
con el que alimentarse.

El filo de la luna
nítido
como el horizonte que nos abraza.

Las estrellas callan,
se miran al espejo
sin una explicación.

Algún día,
los acentos de las personas ahogadas
se mezclarán con los míos:
los mismos.

Entrelazados por sílabas
hablarán de los horizontes
que nos unen,
cantarán de la lejanía,
del pasado,
de lo invisible.

Canción de cuna
de lo que nunca se logra:
el equilibrio.



@jlregojo    #RegEye
(tras la lectura de la poesía de John Berger)

viernes, 16 de noviembre de 2018

En la haima (un microrrelato)

Noche en el desierto, voy al interior de la haima. Me meto entre las ásperas y gastadas sábanas, finas de tanto uso. Parece que van a romperse en cuanto las roce la uña del pie. Noto un agradable frescor. 
A media noche tengo sed. Asomo la cabeza por entre la rasposa manta que hace de puerta. No hay nadie. La noche oscura me engulle y me siento seco y arenoso. Ni siquiera hay estrellas. Mis manos pasan de ser cálidas a frías, sudorosas, de tacto calloso como las del tejido de la puerta a la que continuo agarrado. La vista se me va nublando poco a poco hasta que me desmayo. 
Despierto en el rugoso suelo de la haima cuando un hilillo de agua humedece mi mano. Llueve en el exterior y un lento gota a gota se desliza sinuosamente por la espinosa textura de la pared. Intento cogerlas. Siento el frescor del agua atravesando mis dedos. Los chupo ávidamente dejando que mi seca lengua recupere su nivel de humedad vital y me duermo placenteramente.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

El botón (un microrrelato)


El móvil se ilumina. 
Tengo un mail.
Mira el buzón de la escalera’, dice. 
Bajo intrigado a mirarlo. 
Un sobre con mi nombre y un botón manchado de sangre en su interior. 
Un escalofrío atraviesa mi cuerpo. 
Es su forma de actuar.
El sonido de mis latidos mientras subo la escalera no me deja pensar. 
Solo veo borrosas imágenes que pasan ante mí: le acompañé en el metro, tomamos una cerveza juntos, el diario abierto por las necrológicas, … 
Esa carta con su macabro contenido que anuncia mi inminente muerte. 
¿Por qué? 
Entro en casa.
Voy a la habitación. 
Ahí está, sonriendo con el botón en la mano en la oscuridad del dormitorio. 
Me miro la chaqueta, ya no lo tengo. 
¿Cómo lo ha podido hacer? 
Estoy manchado de sangre. 
Hace frío. 
Ya no me veo reflejado en el espejo del dormitorio. 
Ha elegido a su víctima.



@jlregojo      #RegEye

sábado, 10 de noviembre de 2018

El ahogado (un relato)


                                                (inspirado en un cuento de G.García Márquez)
         



Las gaviotas descansaban sobre algo que flotaba a lo lejos. Eso extrañó a los habitantes del pueblo y se sorprendieron al ver cómo una cosa extraña asomaba entre las olas. Los primeros que se refirieron a ese islote flotante decían: ¡Es un cocodrilo!, ¡no, es una tortuga!, ¡no tenéis ni idea, es un tronco flotando a la deriva! Los niños jugaban con la idea de que fuera un barco pirata que se iba acercando. Los comentarios cesaron cuando quedó varado en la arena de la playa, entre piedras y algas.

     Se acercaron temerosamente, poco a poco. El más valiente fue, no, la más valiente fue la chica pelirroja. Ella fue la primera que se aproximó y le apartó la masa de poseidonia que le cubría la cara, y sólo entonces descubrió que era un ahogado.

     En ese momento los hombres se acercaron. Los niños fueron corriendo al pueblo para dar la voz de alarma. Lo llevaron hasta la primera casa del pueblo y advirtieron que pesaba mucho más de lo normal y comentaron que tal vez estaba hinchado por el agua por haber estado demasiado tiempo flotando a la deriva. Apartaron la mesa de la sala para dejar el cuerpo en el suelo, fue ahí cuando se dieron cuenta de que era grande y negro. Uno de ellos dijo que los negros crecían después de la muerte.

     Nadie le conocía, no era del pueblo ni de los alrededores. ‘No podía ser, no hay negros por aquí’, comentaron. Pero su negrura era especial, al tiempo que tenía algo desconcertante, también había algo de reconocible en esa cara. Sí, sus rasgos recordaban a alguien, pero era imposible. No había negros en esas latitudes.

     Aquella noche los hombres decidieron averiguar si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres, encabezadas por la pelirroja, se quedaron velando al ahogado. Le quitaron la poseidonia que le cubría el cuerpo, le cepillaron el cabello, le sacaron los restos de ropa que aún le tapaban y descubrieron que sobrellevaba la muerte con dignidad aunque con manchas claras y oscuras por toda la piel. Solo faltaba sacarle el harapo que hacía las veces de taparrabos. Se miraron con picardía y la pelirroja se aprestó a reclamar su derecho. Así lo hizo. Lo que allí apareció no era negro y tenía una envergadura que las dejó atónitas, lo estaban viendo y no les cabía en la imaginación.

     Entró un vecino a buscar un cubo y como con un reflejo instantáneo, las telas que tenían diversas vecinas taparon la imagen que avergonzaría a los hombres del pueblo. Asombradas por su proporción o desproporción y su color o no color, las mujeres decidieron entonces remendarle algo de ropa para que pudiera tener un funeral respetable. Mientras cosían sentadas frente al cadáver, lo miraban entre puntada y puntada con picardía. ¿Por qué aquello era blanco si él era negro?, se preguntaban. Lo compararon entre risas con sus propios maridos, pensando que ellos no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél habría sido capaz de hacer en una noche.

—Tiene cara de llamarse Nacho, como el actor porno.

Y todas entre risas, asintieron. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más atrevidas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, el roce pudiera despertar aquel milagro de la naturaleza, aunque fuera por un instante. Pero fue una ilusión vana.

     Por la mañana, cuando le taparon la cara para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que empezaron a sentir pena por él. Fue una de las más jóvenes la que, habiendo consultado internet por la noche, les explicó su descubrimiento:

«El color de la piel es un carácter que cambia con relativa facilidad por la selección natural. Los primeros humanos, al salir de África, son de color, pero empiezan a perderlo en cuanto emigran a latitudes altas. Y esta pigmentación no fue igual para los que fueron a Europa y los que fueron al norte de Asia. El sol - continúa explicando- es el factor que hace que nos tengamos que proteger de él en latitudes donde hay más; donde no hay sol, la piel clara es mejor, porque necesitamos la energía solar para fabricar vitamina D».

     Es decir -continuó-, el ejemplo es muy tonto, pero puede explicar los cambios de color que, con el paso de millones de años, pudieron llevar a los primeros hombres de África a ser primero blancos, después negros y a que, más tarde, algunos volvieran nuevamente a ser blancos. Es decir, Nacho era blanco y mientras su cuerpo flotó en el mar, se oscureció para protegerse, a pesar de estar muerto.

     Todas ellas se miraron con incredulidad. Pero la chica continuó, lo que debemos hacer ahora es volverle a mirar y tratar de verlo como a un blanco y no como a un negro. Quizás así le reconoceremos.

     Al rato, los hombres llegaron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas se mantuvieron calladas. Los hombres, sorprendidos ante aquel silencio, creyeron que no era más que cosa de mujeres y se marcharon al bar.

     La pelirroja, mortificada por tanta duda, le quitó entonces al cadáver la tela de la cara. Empezaron a mirarlo con ojos diferentes, le iban aclarando la piel mientras le escaneaban de arriba a abajo. A medida que pasaban los minutos, las mujeres se mostraban más inquietas, no se atrevían a poner palabras a sus pensamientos. No podía ser, se decían a sí mismas, pero se les notaba en las caras que iban llegando a una conclusión.

     Nacho solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba estirado frente a ellas. Las facciones que tenía por la mañana habían cambiado. Las mujeres se iban mirando unas a otras hasta que a la más joven se le escapó la risa y todas estallaron en una carcajada conjunta y deshinibida.

¡¡Es el sustituto del cura que se marchó del pueblo el mes pasado!! Gritaron alborozadas.

     Decidieron no decírselo a los hombres del pueblo para poder así vivir en paz. Fue un secreto de mujer. Solo ellas se llevarían el recuerdo de aquel mástil vigoroso que les alegró la vista durante unas horas.

     Al día siguiente, le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado huérfano. Las mujeres fueron a buscar flores y lo cubrieron con tantas flores que los hombres no entendían nada y seguían pensando: ¡cosas de mujeres!

     Ellas no tuvieron necesidad de mirarse las unas a las otras para darse cuenta de que todo sería diferente a partir de entonces. Sabían que, desde ese momento, sus encuentros amorosos iban a eternizar la memoria de Nacho. 



@jlregojo    #RegEye

lunes, 5 de noviembre de 2018

Reflexiona con… Marina Tsvetáieva


El que no siente pasión por el transgresor no es poeta.
— M. Tsvietaieva

La poemareflexión de esta semana va dedicada a tod@s l@s lector@s de la revista, a tod@s sus poetas, transgresor@s de la vida. Va por vosotr@s/nosotr@s.
En el libro Locuciones de la Sibila, de Marina Tsvietáieva podéis encontrar los aforismos y pensamientos de la poeta.
Marina Ivánovna Tsvetáieva (en cirílico Марина Ивaновна Цветaева) (26 de septiembre de 1892 – 31 de agosto de 1941), fue una escritora rusa, que destacó como poeta y prosista.


@jlregojo    #RegEye

Publicado en la revista Poémame el 14 de mayo de 2018

miércoles, 31 de octubre de 2018

La foto (un relato gótico)


Era un día lluvioso de finales de octubre, un día gris que liquidaba los restos del calor estival. Él llamaba la atención por esa chaqueta abotonada solo por botón inferior, lo cual le resaltaba la barriga. Llevaba en la mano el periódico doblado por la página de las esquelas con el que golpeaba a la gente que se le ponía por delante.
 Era media tarde, creo. Algo antes quizá. Yo ya había hecho la compra del día y me disponía a pagarla cuando le vi saliendo del supermercado. ¡Qué raro, hace un momento parecía ir hacia el metro! Su solitaria presencia me hizo elucubrar sobre él: ¿soltero, viudo, cuidará de su madre, ...?
 Andaba yo perdido en esas cavilaciones cuando me volví a fijar en su chaqueta al pasar por el otro lado del cristal del supermercado y vi que le faltaba el botón superior. Volví a casa. Seguía lloviznando y me había olvidado el sombrero en casa. Me molestaban las gotas de agua sobre mi calva. Empezó a arreciar y paré en un bar hasta que calmase un poco.
 Estaba solo frente a la barra del oscuro bar. El camarero, de rasgos orientales, estaba atendiendo a un cliente entre las sombras. Para mi sorpresa, era él otra vez. Y volvía a llegar antes que yo, o yo parecía su sombra siempre detrás de él.
 Me sorprendió haberme encontrado tres veces en un solo día con el mismo hombre. Así que me dirigí a él y se lo expliqué. No dijo nada. Me miraba mientras se bebía una cerveza. Salió del bar y le seguí sin más, si era su sombra, pensé, es lo que tenía que hacer.
 Entró en el metro dando papirotazos a la gente con el periódico. Vio un asiento vacío y se lanzó hacia él mientras le barraba el paso con el periódico a un señor mayor que intentaba sentarse. Nadie se atrevió a decirle nada. Yo tampoco.
 Llegamos a la estación del cementerio y bajó. Le seguí en silencio. No salió a la calle. Se sentó en un banco del andén y miró una foto que sacó de su bolsillo. Era la fotografía de una mujer.

–¿Su mujer? –me atreví a preguntar.

–Hoy hace un mes se tiró a la vía del tren de esta estación y desde entonces la vida no tiene el menor sentido para mí.

 Le toqué el hombro a modo de consuelo. Me miró y sonrió. ¡Qué extraño!, pensé. El silencio se hizo incómodo. Tomé el primer metro que llegó y le dejé ahí sentado con sus recuerdos y el sonido de los truenos.
 Yo estaba nervioso y deseaba llegar a casa y sentarme ante el ordenador para desconectar. Parecía como si ninguna de las personas con las que me cruzaba me viera. Llegué al edificio, quise tomar el ascensor pero no funcionaba, subí las escaleras, la luz de la escalera tampoco funcionaba. A pesar de la tormenta, no estaba mojado. El perro del vecino aulló en cuanto pasé por el rellano. ¿Por qué?, no lo hacía nunca. Abrí la puerta. Me sobresaltó el golpe de la puerta al cerrarse. Noté algo en el ambiente. No podía precisar qué era. Entré en el dormitorio. En el espejo-puerta del armario vi el cuerpo de otro hombre sobre mi cama, pero no me vi a mi. Me asusté, el hombre abrió los ojos. Me miró y sonrió. Era él con la foto de la mujer en la mano. La miré y fue entonces cuando me di cuenta, era yo el de la foto. Me quedé mudo y al instante solté el más aterrador de los gritos cuando reconocí que no solo había desaparecido mi imagen del espejo, sino que todo yo ya era una recuerdo de lo que fui.

@jlregojo    #RegEye